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La
suspensión en el otorgamiento de nuevos permisos para construir
en distintos barrios de la Ciudad de Buenos Aires puso en el centro
de discusión un tema que ya hemos abordado desde hace mucho
tiempo: cuál es la clase de ciudad que queremos en el presente
y en el futuro, y qué importancia debe tener el Estado como
articulador entre los intereses de los vecinos, de los futuros habitantes
y los intereses inmobiliarios.
En mi condición de integrante, desde hace unos años
de la Comisión de Planeamiento Urbano, he sostenido que todo
lo relacionado con el crecimiento de la ciudad debe estar plasmado
en el Plan Urbano Ambiental, verdaderamente participativo en su
armado, que cuando se sancione actuará como la norma rectora
del desarrollo urbanístico de la Ciudad de Buenos Aires.
Mientras tanto, la escasa presencia estatal en la formulación
de políticas urbanas a largo plazo se vio de manifiesto en
el reclamo de los vecinos, cuando el boom inmobiliario que vivió
la urbe luego de la crisis de 2002 se plasmó en construcciones
de torres de gran altura que se edificaron en numerosos barrios
que ya cuentan con una alta densidad demográfica, todos ellos
ubicados en el centro y el norte geográficos de la ciudad
y aún en otros de baja densidad edilicia.
Ese crecimiento sin control ni planificación, que generó
las quejas de aquellos que vieron alterado el paisaje de su barrio,
comenzó a alterar la fisonomía urbanística
de la ciudad. El problema de fondo es que la irrupción de
esas moles de cemento alteraron en forma abrupta el uso de la vereda
como lugar público, como un lugar común, produciendo
un quiebre de la ciudad como espacio en el que deben convivir los
diferentes grupos sociales.
Es por ello que, mientras no se sancione y rija en forma definitiva
un nuevo Plan Urbano, es imprescindible profundizar la discusión
entre el Gobierno de la Ciudad, los vecinos y los legisladores,
para fomentar la creación de espacios reales de intercambio
de ideas, que tengan como objetivo principal determinar cómo
queremos pensar a nuestra urbe en los próximos años.
Lo que ha quedado de manifiesto hasta ahora es que las modificaciones
introducidas hace quince años tenían que ver con otra
visión de ciudad; me refiero puntualmente al englobamiento
de parcelas, que permitieron multiplicar la altura de las construcciones
en nuestra Ciudad de Buenos Aires.
En ese sentido la sanción de distintos proyectos de mi autoría,
que modifican algunos artículos del actual Código
de Planeamiento, tienen como objetivo cambiar la zonificación
actual de algunos barrios porteños, tanto para regular la
construcción de torres de gran altura (como en la zona lindante
a la avenida Juan B. Justo, entre Santa Fe y Córdoba), como
preservar la armonía edilicia de numerosas zonas que hasta
ahora no habían sido valorizadas como un patrimonio histórico,
tal como ocurre en el caso del barrio de Coghlan.
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